Un mal ejemplar, así de escueto y mal definido es el protagonista de esta etnoficción. K -y sus múltiples alter egos- es a la vez que protagonista, espectador de sí mismo y como actor y espectador de su quehacer diario, el patio de butacas es el recinto en el que se alberga su historia. Su viaje -por así decirlo- es la oscilación y penduleo de su corazón. En su cadencia, en ese ir y venir que supone todo viaje, en su contínua contradicción con el mito romántico, asistiremos a miles de formas distraídas. Bajo la apariencia de un sueño, las acciones y decisiones que toma el protagonista, más que marcadas de una libre voluntad, estarán dotadas de cierto sonambulismo y, del supuesto trastorno entre la realidad y la ficción; la película.